20 y 21 de Mayo | Curso Elías Capriles de especialización 2: Manejo de Refugios para Emergencias Espirituales

Curso Elías Capriles de especialización 2: Manejo de Refugios para Emergencias Espirituales.

(Evento externo no organizado por Kundusling)

En este postgrado se entrenará a terapeutas que tengan vocación para encargarse de Refugios en los cuales quienes atraviesen por emergencias espirituales, se las haya diagnosticado o no como psicosis u otros eventos supuestamente “patológicos”, puedan transitar por el proceso en el cual involuntariamente se han embarcado.

El marco conceptual será el mismo del posgrado Los enfoques transpersonal y antipsiquiátrico y el mindfullness, y el entrenamiento también, pero con mayor énfasis en el trato hacia quienes atraviesan procesos que la psiquiatría y la psicología clínica tradicionales consideran patológicos (sea que se los considere como psicosis, como experiencias psicotomiméticas, o como trastornos de la personalidad).

Debo reconocer que mi experiencia en este campo es de un tipo muy particular, pues los refugios que creé en India y Nepal no disponían de suficiente personal (en ambos lugares éramos dos personas), por lo cual no se podía garantizar que el individuo permanecería en el recinto durante la totalidad del episodio que la psiquiatría tradicional consideraría psicótico.

Sin embargo, pudimos comprobar que cuando la persona atravesaba el episodio completo (que una sola vez duró más de 40 días) en el lugar, se producía una remisión espontánea y la persona afirmaba encontrarse más integrada (o sea, con un menor grado de contradicción interior) y con mucho menor conflicto vital. También perdían en gran medida el miedo a la desrealización de la falsa pseudorrealidad social y por ende a la locura, a la muerte, a la soledad y a las vivencias transpersonales —vivencias estas últimas que les sobrevenían de manera espontánea.

El método a aplicar era más una práctica interior del terapeuta que un método de manejo del episodio. En efecto, no se aplicaba método preestablecido alguno, sino que el terapeuta debía aprender a estar con quien atravesaba el episodio sin temor alguno a la desrealización por la que el individuo atravesaba. Era un “estar con” sin proyectar y a ser posible en una condición en la que no fuese manipulado por los impulsos asociados a la normalidad.

Permítaseme ilustrar esto. Por ejemplo, cuando quien atraviesa un episodio de este tipo tiene miedo, reaccionamos con miedo ante este miedo, confirmando su miedo y potenciándolo y de ese modo desarrollando un bucle de realimentación positiva entre ambos, que hace que haya cada vez más miedo, pero que el terapeuta lo perciba como el miedo que experimenta el otro debido a su “problema psicológico”, cuando en verdad al menos la mitad del problema es su propio miedo.

Por lo tanto, la única manera como se puede ser un buen terapeuta en ese sentido es perdiendo el miedo a la desrealización y a la locura, a la muerte, a la soledad, etcétera, y abandonando el aferramiento al yo, a la normalidad y a todo lo que nos ofrece seguridad en cuanto que la sociedad lo considera seguro.

En resumen, la práctica en este contexto es simultáneamente interior y exterior, y requiere desarrollar capacidades que no son para nada comunes ni, menos aún, “normales”.

En última instancia, el terapeuta ideal es el Buda, que no tiene nada que proteger, nada que temer, nada a que aferrarse, pues no se experimenta como un yo separado. Aunque no podemos transformarnos en Budas antes de emprender este tipo de terapias, sí que se requiere de una buena praxis interna que vaya en ese sentido. Y si se la posee, el trato hacia quienes pasan por tales episodios será tan terapéutico para el terapeuta mismo como para quien atraviesa el episodio.